jueves, 7 de diciembre de 2017

My friend Jim

Corres como un galgo tras una liebre que no es sino una chapa de metal. Saltas, gritas, aguantas. Bailas con el frío, con el calor, con los días y las noches, y no paras.
Sigues la alocada fuga de atardecer en atardecer, de bar en bar, de esperanza en esperanza, forjas sueños que duran lo que las pompas de jabón, abrazas cuerpos y besas almas, te encomiendas a estampas de vírgenes que nunca existieron y crees en todos los hechizos y en todas las maldiciones.
Peleas hasta la extenuación, caes reventado y vuelves a levantarte, los ojos llenos de sangre, buscando al enemigo que te golpea desde las sombras.
Cuando queda un instante para pensar, alzas la vista al horizonte, buscando un faro entre la niebla. Hasta que percibes que su alargada sombra te pisa los pies.
Es el destino. Y no puedes escapar.
"Haz caso a Jim Morrison: this is the end, my only friend, the end", me repite mi conciencia.
O quizá no.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Gusto

He perdido el sentido del gusto. Aunque gustarme, me gusto lo imprescindible, que sarna con gusto no pica. Pero ya no encuentro sabor, sapore di sale, sapore di mare. Ya casi nada tiene un gusto refinado, y pocas cosas tienen siquiera un gusto dulce o amargo, un gusto agrio, salado, ácido, ni acaso metálico y nada tiene ya, son cosas de la edad, un gusto picante. Sería incluso incapaz de paladear ese regusto final a almendras amargas que tiene el veneno en copa de vino. Aunque hasta ese lo arruinaría algún sommelier vocacional aburriéndome con los aromas retronasales y el bouquet de fondo a madera de roble y tabaco.

Gusto, sin embargo, de pasear con Audrey y gusto de tomar una cerveza en una terraza, con un viejo amigo, tan a gusto. Son gustos burgueses, gustos conservadores y conversadores.  Reconozco que ahí, el gusto es mío. Pero son gustos sencillos, gustos que nunca pisaron Sibaris ni en calidad de turistas accidentales. Aunque me queda vivo ese gusto sibarita por el silencio, y, como aquellos grecoitalianos, prohibiría los ruidos molestos en las zonas habitadas. Ese es gusto compartido.
Y, aunque dice el refrán que a gusto de cocineros comen los frailes, el menú del día suele resultar disgusto. Aunque siempre nos quedará Paris, y decía ese parisino insigne, Don Charles Baudelaire, de “lo que hay de embriagador en el mal gusto es el placer aristocrático de desagradar”, así que igual hay que alejarse del camino del buen gusto y echarse al monte del malo, que tal vez siendo malo sea mucho mejor, como Mae West.

Esos sabios contemporáneos que son los portugueses, reserva espiritual de Occidente y del resto del mundo, definen lo placentero cono “gostoso”, de gustar, y hay quien afirma que todo lo que gusta es pecado o engorda. Pero sospecho que, como siempre, tenía razón mi madre cuando me decía que era un insípido, porque ni de niño las cosquillas me han dado gustirrinín y las caricias me ponen nervioso.

Descartado lo de que en la variedad está el gusto, que los sabores, como los colores, son cuatro y lo demás son combinaciones, me aferro a una última ilusión. Cierto es que mi cansado paladar distingue con absoluta claridad una Mahou de una Cruz Campo.


Aún queda una esperanza. 

domingo, 12 de noviembre de 2017

Tránsitos

Su belleza angulosa hacía aún más creíble la ficción. Una sinfonía de ingenios y risas. Tan ensayada y tantas veces interpretada que tenía profundidad propia, y se llenaba de matices, hasta el punto de hacer coincidir milimétricamente las palabras que salían de su boca con las palabras que componían sus miradas, sus posturas y sus gestos.
Solo una paciencia de Job podía desmontar la trama. Y él tenía la ventaja de saber que el tiempo corría muy rápido en su contra. Así que, remozando el adagio, la desvistió despacio, que tenía prisa.
Detrás de la máscara había un rostro torturado, y recorrió sus cicatrices como se recorren las veredas de un bosque, enlazando unas con otras hasta regresar casi siempre al mismo punto. Había sendas de dolor por lo perdido, como tajos de cuchillo. Había anchas pistas del dolor de la incertidumbre por lo querido, profundas, casi simas. Había barrancos de hastío y trochas empinadas, angostas y retorcidas, casi infranqueables por la maleza de rutinas y cansancios. Y una larga calzada de inteligencia que desembocaba en una garganta abismal de dudas, entre cimas de tradición y conocimiento.

El único atajo practicable discurría por sus labios. Así que la besó.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Y al final...

El Diluvio Universal, la caída del Imperio, el efecto 2000, dos Guerras Mundiales, el crepúsculo de los Dioses, la insoportable levedad del ser, las pasiones turcas, los días como esos, los sueños eternos y las pesadillas a media noche, los para siempres y los nunca jamases, el hombre en la Luna, la furia de los Titanes, los desayunos en Tiffany's y las Últimas Cenas, los paraísos perdidos, los lunes al sol y los martes a la sombra de la Esfinge, los Siglos de Oro y los de las luces, la Catedral de Santiago, los Duques de York y su jamón, el incendio de Roma, los Cuatro Jinetes y el Bombero Torero, la dictadura del proletariado, El Corte Inglés, los Tiranos Banderas y los tiranosurios, las Termópilas y las termitas, los Colegios Mayores y las aguas menores, Franco inaugurando un pantano, el gol de Zarra, la carga de la Brigada Ligera y el infierno sobre ruedas, Numancia, Sagunto y Cádiz, Dalí pintando a Gala, Don Quijote y Sancho Panza, la vida de Brian y la muerte de un viajante, Hooper y Hoover, el Kamasutra ilustrado y Dolores Vargas, la terremoto...

Todo para que al final te quede lo que queda del día...

martes, 29 de agosto de 2017

Insignificante

El hombrecillo es insignificante. E indefinido. Edad indefinida. Clase social indefinida. Hasta sus gustos culinarios son indefinidos. En un restaurante de comida rápida ha pedido el menú del día casi sin consultar la oferta.
Sentado en la mesa de la esquina, está atento a todo lo que le rodea. Mejor, a todos los que le rodean.
Recorre con sus pequeños ojillos a los parroquianos en un barrido constante de rostros y voces.
La abogada de la mesa contigua trata de impresionar al hombre con quien come. Ella no es muy agraciada y pasa de cuarenta y cinco. Él es más joven, y tiene una apariencia distinguida. Ella habla seleccionando las palabras, haciendo pausas, utiliza expresiones rebuscadas, intercala vocablos técnicos. Trata de parecer más culta de lo que es y mejor profesional. Él parece encontrar satisfactorio el hecho de que la mujer esté seducida y esforzándose por agradar. Le delata un rictus en la comisura de los labios, entre divertido y despreciativo.
Los tres hombres que conversan al lado son también cuarentones. No les acompaña ni la ropa ni la actitud. Quieren ser jóvenes, pero la barriga les pone en su sitio. Levantan la voz para llamar la atención, y se ríen a carcajadas por cualquier cosa. Se pavonean de una forma ridícula cada vez que pasa la camarera, para la que, a juzgar por su rostro, no suponen más que una incomodidad incluida en el salario.
El matrimonio de ancianos que se sienta junto a la puerta parece el retrato del orgullo. Impecablemente vestidos, enjoyados, la espalda recta, erguidos como si adelantasen el rigor mortis. Hay frialdad cuando cruzan miradas o comentarios. Se odian pero no conocen otra alternativa que la incómoda compañía del otro.
La intelectual del portátil tiene el cuerpo desvencijado sobre la silla. Pretende parecer ajena al entorno, abstraída en lo que quiera que mire en la pantalla de su ordenador.  Y sin embargo, se le escapan los ojos hacia la mesa de la esquina, al hombre que come con la abogada. En su pose de abandono hay mucho de sueños incumplidos.
El hombrecillo insignificante se levanta, deja la servilleta de papel sobre la bandeja y sale por el pasillo. Se le escapa una sonrisa de superioridad.
La mía es más amplia. Porque soy más insignificante que él, hasta el punto de que no ha reparado en mi, y me río de todas las vidas de las que él se ha reído. Y de la suya también.

domingo, 16 de julio de 2017

SALAMANCA: LAS BATUECAS 4/4

     Seguimos la ruta para llegar a La Alberca, el pueblo más conocido y turístico de esta sierra, y sin serlo mucho, el más grande y poblado. Si ya nos hemos maravillado con la belleza de Mogarraz y los demás conjuntos urbanos de la zona, con La Alberca se nos acaban los adjetivos y las expresiones de admiración. Todo el pueblo, repito, todo, sin excluir una sola calle, es digno de visitarse, por lo que se hace difícil destacar algo.

     La Plaza Mayor es un precioso reflejo del resto del pueblo, llena de viviendas típicas, pero además con soportales, y un bonito crucero en el centro, en cuyo pie hay una fuente con dos buenos caños. La plaza adquiere más realce y colorido todavía en algunas épocas del año cuando los balcones están llenos de tiestos con flores.

   Junto a una de las puertas de la iglesia hay un monumento dedicado al cerdo de San Antón, costumbre que aun se mantiene en La Alberca, consistente en soltar por el mes de junio un cochino por el pueblo, que será alimentado y cebado por los vecinos de las casas a las que se acerca, y allá por enero será sacrificado para la matanza.

     Las calles tienen un empedrado poco o nada trabajado entre el que crece la hierba, que hace algo incómodo el andar, pero que combina perfectamente con la arquitectura de las casas. Encontramos también algunas plazuelas en las que hay cruceros y fuentes con buenos chorros, cuyo sonido nos hará relajarnos más todavía mientras recorremos el pueblo.

     El Arroyo de la Alberca circunda en parte el casco urbano por una zona algo agreste en la que el agua forma pequeñas cascadas y sifones, y donde la roca permanece incluso dentro de las propias calles, sirviendo de cimiento de algunas viviendas.

     Otras costumbre de La Alberca que todavía permanece hoy en día es la de la Moza de Ánimas, que cada día al anochecer recorre las calles haciendo sonar una esquila pidiendo rezos por las almas del Purgatorio.

     Saliendo del pueblo por la carretera que va hacia Las Mestas y la comarca de Las Hurdes, pasaremos por el puerto del Portillo, y ya en la bajada llegamos al convento de San José-Las Batuecas, en un bellísimo entorno natural por donde podemos hacer rutas de senderismo entre bosques y arroyos.

   Tras pasar de nuevo por La Alberca, a poco más de un kilómetro cogiendo la carretera de Ciudad Rodrigo, veremos la Abadía de los Templarios, antiguo convento rehabilitado como hotel-spa, cuyo edificio, de grandes dimensiones, es una mezcla de castillo, palacio y convento, con buenos torreones y muros almenados, otras torres cerradas por techumbre de teja, Torre del Homenaje con escaraguaitas y plantas altas con entramado de madera. Una combinación tan preciosa como poco vista. Al lado, y dentro del mismo recinto, hay un poblado de casas de arquitectura típica de la zona que se alquilan.

     Por último, ahora lo que toca es subir al Santuario de la Virgen de la Peña de Francia, que con sus 1.723 metros de altitud es la mayor cumbre de esta sierra, a la que podemos subir por una estrecha y sinuosa carretera. Una vez arriba, veremos las distintas instalaciones, como un alto repetidor de telefonía, una hospedería y el convento con la iglesia donde se encuentra la imagen de la Virgen, de gran devoción en la comarca, y cuya cueva donde fue encontrada podemos visitar.

     Junto a los cortados rocosos veremos distintos miradores enfocados hacia todos los lados, alguno con un curioso método de indicarnos lo que estamos viendo. Incluso uno de los miradores es una capilla descubierta dedicada a Santiago Apóstol. Si el día está claro, las vistas son indescriptibles, alcanzado a ver todas las sierras de alrededor, y el inmenso embalse Gabriel y Galán en las cercanas tierras extremeñas.

     Buena manera de terminar nuestra ruta por Las Batuecas, aquí arriba, con estas maravillosas panorámicas.

     Un saludo.

EL RURAL


Plazuela de La Alberca



Abadía de los Templarios (La Alberca)





domingo, 9 de julio de 2017

SALAMANCA: LAS BATUECAS 3/4

     Llegamos ahora a San Martín del Castañar, donde el entramado de madera se va haciendo más patente, y junto al empedrado de las calles envuelven al pueblo de un aire totalmente medieval.

     En la plaza destacan el ayuntamiento, cuyo acceso está dentro de una enorme lonja, y una fuente de dos caños que vierten sobre un gran pilón. La iglesia presenta una altísima espadaña- campanario, y su puerta está protegida por un sobrio porche con varios arcos de medio punto en el frontal y en los laterales.

     Subiendo a la parte alta del pueblo veremos la plaza de toros, tan antigua, vetusta y rústica como encantadora. De forma irregular, tiene curiosos burladeros y parte del graderío es de madera.

     Al lado se encuentra el castillo, donde hay un Centro de Interpretación de la Sierra de Francia. Parte del adarve se puede recorrer, y está arreglado a modo de mirador con carteles explicativos. La Torre del Homenaje conserva solo 2 de sus 4 caras, pero tiene una escalera que nos permite subir a la azotea. Hay que decir también que parte del recinto del castillo lo ocupa el cementerio del pueblo.

   Mogarraz es una localidad de una belleza increíble, donde el entramado de madera se aferra con fuerza por todas las calles, plazas, plazuelas y rincones. Es difícil destacar algo, porque todo el casco urbano sin excepción merece ser visto, pero algo poco común es que cada casa tiene en su fachada colgados cuadros de antiguos moradores de las mismas. La ermita del Humilladero está rodeada de hermosas viviendas, frente a su fachada hay un bonito crucero y de su pared trasera brota una fuente cuyo caño vierte sobre un rústico pilón circular.

     Algo muy frecuente en Mogarraz es que la entrada a la vivienda sea por la primera planta, por lo que se hace necesaria una escalera de acceso, quedando la planta baja para cuadra o almacén.

     En la Plaza Mayor, preciosa, se sitúa el ayuntamiento, con dos plantas de piedra grande y una tercera de piedra pequeña con entramado. El edificio está anexionado a la iglesia, la cual tiene un buen porche y torre exenta.

     Paseando por el pueblo iremos descubriendo cantidad de fuentes, todas con buenos chorros, y bellos rincones, algunos de ellos adornados por tiestos con plantas y flores.

     En definitiva, un pueblo para perderse por sus calles, sin prisa, disfrutando de su tranquilidad, del sonido de agua brotando de alguna fuente, de su arquitectura, del canto de los pájaros, de sus aromas serranos... Y hablando de sierra, no olvidemos el entorno, siempre visible desde algún mirador oculto entre sus rincones.


SALUDOS

EL RURAL

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Castillo de San Martín del Castañar



Rincón de Mogarraz



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