miércoles, 22 de mayo de 2013

La jaula de los copulápteros


Soy un hombre fiel; siempre lo he sido. Vivo con mi mujer y mis dos hijas gemelas en una casa modesta de la ciudad que pago mes a mes con el sueldo que gano en la oficina. Cuando salgo del trabajo, antes de regresar a casa, me gusta pasar por el zoo. Mi especie favorita son los copulápteros, unos primates de la familia de los monoides que se caracterizan por andar siempre con una sonrisa del tamaño de un puño humano. Es una fortuna  que nuestro zoo tenga estos ejemplares, porque se trata de unos animales muy difíciles de encontrar en el mundo y que, a pesar de su singularidad, no le interesan a nadie.
Los copulápteros son unos monos muy pequeños de pelo corto marrón y carnes delgadas, de ahí que les resalte tanto la sonrisa roja de boca abierta tan grande. Contrastándola, así como tienen una capacidad de griterío sorprendente, sus orejas son apenas unos agujeritos muy pequeños. Entre ellos, la mirada grande, curva, luminosa y vibrante les hace conjunto con la sonrisa. Tres curiosidades resaltan en ellos: el enorme tamaño de sus zarpas y colas y, en los varones, el de su miembro viril.
A pesar de que normalmente la gente no aguanta mucho, y a sabiendas de que luego mi mujer se enfadará por haber vuelto tan tarde, soy capaz de pasarme horas frente a la jaula de los copulápteros escuchando sus ruidos y contemplando sus jaleos. Su complexión ligera les proporciona la flexibilidad y agilidad necesarias para pasarse todo el día saltando de un lado a otro y haciendo resonar la jaula. Eso, combinado con su enorme bocaza, suele ahuyentar a los visitantes del zoo, y por ello la mayoría de zoos los rechazan. Sin embargo, hay otra cuestión que aleja a las familias de interesarse por estos animales: se pasan el día copulando. No en parejas establecidas, sino a lo loco, en dúo o en grupo, con sexos diferentes o con los mismos. Copulan insaciablemente y con energía nunca menguante; de hecho, la mayoría de los saltos que efectúan por la jaula suceden con intenciones penetrantes, pues los copulápteros atacan a menudo de improviso e inician sus relaciones en condiciones que podrían ser consideradas de violación. Generalmente esto no afecta en negativo al humor de la copuláptera o copuláptero penetrado en cuestión, aunque a veces el descontrol del copuláptero sobre su cola o sus garras, en efectuar el salto, termina por dañar a la pareja, con lo que no es extraño encontrar peleas violentísimas entre ellos que apenas los cuidadores son capaces de apaciguar, mientras otros a su lado copulan y miran y ríen. Incluso cuando pelean parecen divertirse enormemente.
Esta curiosa combinación de violencia y sexo descontrolado, juntamente con su inseparable estruendo y esa sonrisa suya que parece burlarse de cuantos miran, es lo que genera el gran rechazo de la sociedad sobre los copulápteros. Yo, sin embargo, cada vez que vengo a verlos no puedo evitar quedarme fascinado, y así paso las tardes mirándolos silencioso a través de su jaula. Hasta que finalmente, y como siempre, llega el guarda y me recuerda que el zoo ha de cerrar; y entonces me recojo y vuelvo a casa con mi mujer y mis hijas, y, por alguna razón que aún no he logrado identificar, me siento melancólico.

Raül Martínez

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